
“Don Evaristo, un bibliotecario jubilado del barrio de Caballito, aficionado a los crucigramas antiguos y a la contemplación de las nubes, tenía una peculiar costumbre. Cada tarde, mientras preparaba su café en una venerable cafetera Moka que lo había acompañado por décadas, observaba los diarios digitales y las pantallas de los noticieros. No buscaba informarse, sino comprender el ballet inverosímil que se había vuelto la actualidad.
"Mire usted, vieja Moka", le musitaba Don Evaristo al artefacto humeante, "antes, el periodista parecía un sabueso. Un perro olfateador que buscaba la verdad, la desenterraba de donde estuviera, sin importar el hedor o la incomodidad. Su cola, si se quiere, moviéndose al compás del hallazgo, una suerte de militancia de la verdad".
Pero Don Evaristo había notado un cambio sutil, casi imperceptible al principio, como el lento giro de una veleta en un día sin viento. "Ahora", prosiguió, mientras el café subía con un burbujeo filosófico, "parece que hay otro tipo de perro. Uno que no busca la verdad, sino que la fabrica. Su cola no se mueve por el hallazgo, sino por la orden. Un perro que no rastrea, sino que deposita lo que le han dictado. Una suerte de vocero a sueldo, si me entiende".La Moka, impávida, solo exhalaba vapor.
"El problema, mi querida Moka, es cuando estos dos perros se confunden, o lo que es peor, cuando el segundo se disfraza del primero. El periodismo, que debía ser un espejo de la realidad, se ha vuelto un campo de batalla de espejos deformantes. Unos buscando reflejar lo que es, otros empeñados en reflejar lo que quieren que sea."
Don Evaristo suspiró. "Así, el ciudadano de a pie, el que solo quiere saber si lloverá mañana o si el peso se ha vuelto un billete de monopolio, se encuentra en medio de una refriega dialéctica. Le dicen: 'Esto es la verdad', pero en la pantalla de al lado, otro le grita: 'No, la verdad es esta otra'. Y ambas 'verdades' se presentan con la misma vehemencia, el mismo tono grave, la misma música de fondo."
Y el más complejo de los enigmas para Don Evaristo era cómo el militante de la verdad podía coexistir con el militante a sueldo, a veces en el mismo medio, a veces en la misma persona, en un giro kafkiano de la coherencia. "Uno jura por la objetividad, el otro por la imposición. Uno busca el hecho, el otro la creencia. Y el resultado", dijo Don Evaristo, apagando la hornalla, "es una realidad tan fragmentada que ya no sabemos qué mapa usar para orientarnos."
Con el café servido, Don Evaristo contempló la espuma. En su burbujeo, creyó ver el reflejo de la paradoja actual: la noble aspiración de informar chocando con la cruda necesidad de persuadir, dejando al público a la deriva en un mar de datos y opiniones donde la verdad, la genuina, a veces se ahoga en el fragor de la batalla. Y en ese silencio de la tarde, la Moka, imperturbable, le susurró con el vapor final: "La verdad, Don Evaristo, tiene la molesta costumbre de aparecer, incluso cuando nadie la llama."
El 7 de junio se conmemora el Día del Periodista en Argentina en honor a un hecho fundamental en la historia de nuestro país: la fundación de "La Gazeta de Buenos Ayres" el 7 de junio de 1810.Este periódico fue el primer órgano de prensa de la etapa independentista argentina, creado por la Primera Junta de Gobierno, con Mariano Moreno como su principal impulsor y director. Su propósito era difundir las ideas de la Revolución de Mayo y anunciar los actos oficiales a la ciudadanía, marcando así el nacimiento del periodismo nacional.La fecha fue establecida oficialmente en 1938, durante el Primer Congreso Nacional de Periodistas celebrado en la provincia de Córdoba, en un reconocimiento a la importancia de aquel primer periódico en la construcción de la opinión pública y la difusión de ideas en los albores de nuestra nación.Es importante destacar que, a nivel mundial, el Día Internacional del Periodista se celebra el 8 de septiembre, en homenaje al periodista checo Julius Fucik, ejecutado durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en Argentina, la fecha del 7 de junio tiene un profundo arraigo histórico y patriótico.
La verdad que, en estas épocas duras de grietas profundas y pérdida de valores esenciales, donde la función del periodista no escapa a esta realidad no hay mucho que festejar. Muchos nos quedamos en los albores del tiempo donde el periodista era un profundo contador de la realidad a través de la palabra. Con su “vieja” máquina de escribir pasaba horas y horas con algún café humeante siendo un cronista de la realidad. No por nada grandes escritores y literarios fueron periodistas. Por nombrar algunos de ellos:
A nivel internacional:
- Gabriel García Márquez (Colombia): Ganador del Premio Nobel de Literatura. Ejerció el periodismo durante muchos años, publicando sus primeras ficciones en los mismos diarios para los que trabajaba. Su obra cumbre, "Cien años de soledad", tiene mucho de esa mirada periodística sobre la realidad.
- Mario Vargas Llosa (Perú): También Premio Nobel de Literatura. Su labor periodística lo llevó a recorrer diversos lugares y conocer a todo tipo de personas, experiencias que luego plasmó en sus novelas.
- Ernest Hemingway (Estados Unidos): Ganador del Premio Nobel. Fue corresponsal de guerra y su estilo conciso y directo, tan característico de su literatura, tiene raíces en su formación periodística.
- Truman Capote (Estados Unidos): Pionero del "nuevo periodismo" y la novela de no ficción con obras como "A sangre fría".
- Joan Didion (Estados Unidos): Reconocida por sus ensayos y crónicas, comenzó su carrera en revistas y fue una figura clave del nuevo periodismo.
- George Orwell (Reino Unido): Su experiencia como periodista y corresponsal influyó en su mirada crítica de la sociedad y en obras distópicas como "1984" y "Rebelión en la granja".
En Argentina:
- Roberto Arlt: Maestro del periodismo y la literatura. Sus famosas "Aguafuertes porteñas" son un claro ejemplo de cómo combinó la observación periodística con un estilo literario único, retratando la vida de la ciudad.
- Rodolfo Walsh: Escritor y periodista de investigación fundamental. Su obra "Operación Masacre" es considerada una de las piedras angulares del periodismo de no ficción en Latinoamérica, demostrando la capacidad del periodismo para revelar verdades ocultas.
- Alfonsina Storni: Además de su poesía, fue una destacada columnista que abordaba temas sociales y los derechos de las mujeres, a menudo bajo seudónimos.
- Jorge Luis Borges: Aunque quizás no se lo asocie directamente con el periodismo de calle, Borges tuvo una vasta producción de ensayos, reseñas y notas para diversos medios, demostrando su agudeza crítica y su dominio del lenguaje en formatos periodísticos.
- Osvaldo Soriano: Reconocido por sus novelas y cuentos, tuvo una formación periodística que influyó en su estilo directo y su capacidad para contar historias con un pie en la realidad.
- Tomás Eloy Martínez: Un maestro del periodismo narrativo y la no ficción. Sus libros como "Santa Evita" o "La novela de Perón" demuestran una profunda investigación periodística mezclada con técnicas literarias.
- Juan Gelman: Poeta laureado, también fue un periodista comprometido y combativo, que utilizó la prensa como un espacio de denuncia y reflexión política.
- Mariana Enríquez: Actual referente de la literatura argentina, también tiene una destacada trayectoria periodística, lo que se refleja en su agudeza para observar y retratar la sociedad contemporánea.
La lista es extensa, ya que la redacción periodística ha sido, y sigue siendo, una escuela invaluable para muchos de los grandes nombres de la literatura. La práctica de escribir con inmediatez, investigar, sintetizar y conectar con el lector son habilidades que el periodismo cultiva y que luego florecen en la ficción o la no ficción literaria.
De esa manera de contar la realidad romántica pasamos hoy al espejo distorsionado, del periodismos “militante de la verdad al vocero a sueldo”La raíz de esta contradicción yace en la naturaleza misma de la información. Por un lado, tenemos la aspiración ideal del periodismo: una profesión dedicada a la búsqueda incansable de la verdad, a la verificación de los hechos, a la denuncia de injusticias y a la rendición de cuentas del poder. En este sentido, el periodista es un "militante" de la verdad, no porque tenga una ideología política específica, sino porque su compromiso ético y profesional es con la objetividad y la transparencia. Su "militancia" es por el derecho de la ciudadanía a estar informada de manera fidedigna. El periodismo es el garante de la democracia. No hay democracia sin periodismo libre de opinar, difundir lo que piensa.
Sin embargo, la realidad económica, política y mediática a menudo tuerce este ideal. Aquí es donde surge la figura del "vocero a sueldo". Este no es un periodista en el sentido tradicional, aunque a veces opere bajo ese rótulo. Su función principal no es buscar la verdad, sino imponer una narrativa específica, una "realidad" construida para beneficiar a un partido político, una empresa, o un grupo de interés. Su lealtad no está con la verdad, sino con quien le paga.
La proliferación de voces en el espacio público que no persiguen la verdad, sino la imposición de una narrativa, tiene consecuencias profundas y, a menudo, perjudiciales para la sociedad. En la era digital, donde la información fluye sin tregua y las redes sociales amplifican cada eco, discernir la verdad de la propaganda se ha convertido en un desafío monumental.
Uno de los impactos más directos es la erosión de la confianza en las instituciones, los medios de comunicación y, en última instancia, en el sistema democrático mismo. Cuando la ciudadanía percibe que las "noticias" son, en realidad, meras herramientas para moldear opiniones o servir intereses particulares, la credibilidad se desploma. Esto genera un escepticismo generalizado, donde la gente empieza a dudar de todo, incluso de la información verificada, lo que abre una peligrosa brecha para la desinformación masiva.
La imposición de narrativas es un motor clave de la polarización. Al no buscar la verdad, sino reforzar una posición ideológica o política, estas voces contribuyen a crear "burbujas" de información. Los individuos se encierran en ecosistemas donde solo se validan sus propias creencias, demonizando al "otro" que piensa diferente. Esto lleva a una fractura social, donde el diálogo se hace imposible y las diferencias de opinión se transforman en hostilidad. Las discusiones se vuelven batallas de trincheras, no intercambios de ideas.
El objetivo central de imponer una narrativa es la manipulación de la opinión pública. Esto puede tener implicaciones serias para la democracia, ya que las decisiones de los ciudadanos (en elecciones, por ejemplo) pueden estar basadas no en información fidedigna, sino en relatos construidos artificialmente. Se socava el principio de la toma de decisiones informada, que es esencial para el buen funcionamiento de una sociedad democrática. Además, la persistencia de noticias falsas y el discurso de odio se benefician de este entorno, al carecer de contrapesos de verdad y verificación.
Constantemente expuestos a narrativas sesgadas y contradictorias, los individuos pueden ver disminuida su capacidad de pensamiento crítico. Se vuelve agotador intentar discernir qué es verdad y qué no, lo que puede llevar a la apatía o a la aceptación pasiva de cualquier información. A nivel individual, esta sobrecarga de desinformación y el ambiente de confrontación pueden generar ansiedad, frustración y estrés, afectando la salud mental de las personas.
Cuando la realidad es percibida de maneras radicalmente diferentes por distintos grupos, la capacidad de la sociedad para abordar problemas comunes y encontrar soluciones conjuntas se ve gravemente comprometida. La acción colectiva se vuelve difícil si no hay un mínimo consenso sobre los hechos o los desafíos a enfrentar.
En resumen, la proliferación de narrativas impuestas transforma el ecosistema informativo en un campo de batalla donde la verdad es una víctima. El resultado es una sociedad más desconfiada, más dividida y más vulnerable a la manipulación, lo que pone en riesgo los cimientos mismos de la convivencia democrática.
En este Día del Periodista, que conmemoramos cada 7 de junio en honor al nacimiento de la prensa en nuestra Patria, es más relevante que nunca reflexionar sobre qué tipo de periodismo queremos y qué tipo de información consumimos. La defensa del periodismo que milita la verdad no es solo una defensa de la profesión, sino una defensa de la propia democracia y de la capacidad de nuestra sociedad de discernir, de elegir libremente y de construir un futuro basado en realidades compartidas, y no en narrativas impuestas por el mejor postor.
Para quienes son y se aferran a ser “militantes de la verdad”, a seguir siendo cronista de una realidad imperfecta, salga el sol por donde salga. Feliz día del Periodista. A los otros “Dios y la patria se los demande”
Edgar Zenere